En Silver Lining's Playbook, la pelĂcula que catapultĂł a David O. Russell a ser -o parecer- uno de los realizadores de autor mĂĄs interesantes de Hollywood en la segunda dĂ©cada de este siglo, los Philadelphia Eagles juegan un papel fundamental. O. Russell, acostumbrado a llevar a sus personajes hasta las Ășltimas consecuencias, buscĂł captar la neurosis de la periferia: la diagnosticada y la cotidiana, que no estĂĄn, quizĂĄ, tan lejos. La pelĂcula no podrĂa entenderse sin la presencia del equipo de Philadelphia: un personaje no se quita jamĂĄs el percudido jersey del equipo, mientras que otro mĂĄs, desempleado, estĂĄ convencido de que apostĂĄndole semana a semana al triunfo de los Birds conseguirĂĄ abrir un restaurante que dote de un nuevo sentido a su vida. Casi no tuve que actuar, dijo Cooper en su momento; mis papĂĄs movĂan la televisiĂłn a donde estuviĂ©ramos si jugaba el equipo.
La aficiĂłn de los Eagles ha adquirido la etiqueta de intensa o insoportable; segĂșn la camiseta de quien lo dicte. Asistir al Lincoln Financial Field con jersey visitante es una prohibiciĂłn no escrita por la liga; el ambiente es, cuando menos, hostil. Venir a Philadelphia es complicado; luego, encima, hay que jugar, dijo Daniel Jones, otrora quarterback de los New York Giants, hace un par de temporadas. El estadio estĂĄ ubicado a pocos metros del Xfinity Mobile Arena, donde juegan los Flyers de la NHL y los 76ers de la NBA, y un largo estacionamiento lo separa del Citizens Bank Park, casa de los mĂticos Phillies de la MLB. Sin ser una de las ciudades mĂĄs turĂsticas o con mayor auge cultural, Philadelphia tiene presencia en las tres grandes ligas del deporte norteamericano.

Existe en Netflix un documental que vale bastante la pena: The Turnaround. Ăste gira en torno a John McCann, un aficionado de toda la vida a los Phillies. Enfundado en una camiseta que no decĂa otra cosa sino property of the Philadelphia Phillies -quĂ© cosa, pienso yo, asumirse objeto apropiado por el equipo propio-, McCann contaba cĂłmo el campocorto estelar adquirido por el equipo, Trea Turner, acumulaba chorrocientos partidos sin conectar un hit. La gente, especialmente impaciente, empezĂł a apretar. McCann llegĂł a la conclusiĂłn de que la mejor forma de alentar a Turner era, quiĂ©n lo dirĂa, coreando su nombre cada que Ă©ste se acercase al plato a batear. Lo que comenzĂł para muchos como un gesto eminentemente sarcĂĄstico se convirtiĂł en gasolina para que el jugador comenzara a producir. Turner acepta que en un principio pensĂł que se burlaban de Ă©l; luego, nomĂĄs se dejĂł llevar. Es innegable la incidencia de la aficiĂłn de Philadelphia respecto a lo que sucede en el campo; sus jugadores lo saben, pero saben tambiĂ©n que esto opera hacia lo bueno y hacia lo malo.
Philadelphia, ya lo decĂa, no es una ciudad turĂstica. Jonathan Demme lanzĂł en 1993 una pelĂcula que llevaba como tĂtulo el nombre de la ciudad y giraba en torno a la estigmatizaciĂłn que recibĂa un hombre homosexual vĂctima de VIH. Tom Hanks y Denzel Washington, los protagonistas, recibieron cualquier cantidad de galardones, pero lo verdaderamente potente fue la canciĂłn que el mismo Demme le pidiĂł a Bruce Springsteen para musicalizar la obra. Springsteen no naciĂł en Philadelphia sino en Nueva Jersey, a varios kilĂłmetros; conocĂa, sin embargo, la impotencia derivada de ser una ciudad satelital; venĂa de un lugar del que habĂa que huir si uno decidĂa hacer algo con su vida. Estados Unidos, paĂs forjado por un monstruoso capitalismo y sus denominadas oportunidades, difĂcilmente voltea a ver a quien proviene de una ciudad, digamos, aislada. Philadelphia ha batallado precisamente con ese estigma: los Eagles comparten divisiĂłn, la NFC East, con el equipo mĂĄs influyente en la historia del paĂs -Dallas Cowboys-, el cuadro consentido de la eterna ciudad de moda -New York Giants- y el conjunto que representa a la capital del paĂs -Washington Commanders-. Poca cosa. Ganar, dirĂamos, es una suerte de legitimaciĂłn para el equipo y la ciudad.





