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Baltimore: a veces conviene la tristeza

Un largo estacionamiento, explanada atiborrada por la euforia o la desazón, separa al M&T Bank del Oriole Park en el mero centro de Baltimore, a unas calles del muelle. La primera es la casa de los Baltimore Ravens, equipo de la NFL que se ha acostumbrado a ser competitivo y, a pesar de su juventud, ha conseguido saborear la gloria máxima: su enjundia puede, a veces, cruzar la frontera que la separa de la agresividad y el desboque. Los Ravens, cuya identidad está claramente entregada a Edgar Allan Poe, alargada sombra que se yergue sobre la ciudad, representan la continuación a la historia que en su momento trazaron los Colts, equipo que en 1983 dejó la ciudad para realojarse en Indianápolis. Los Orioles, por su parte, dueños del mítico Oriole Park de Camden Yards, cuentan también una historia llena de mudanzas, vericuetos identitarios y cambios de nombre: en 1901 se denominaron Milwaukee Brewers, entre 1902 y 1953 pasaron a ser los St. Louis Browns y no fue sino hasta 1954 que acuñaron el apelativo de Orioles al borde del muelle.

En la década de los cincuenta, precisamente, brillaba uno de los músicos más relevantes del espectro jazzístico blanco norteamericano: Hoagy Carmichael, nacido en Bloomington, Indiana, en la periferia de Indianápolis. Carmichael escribió cualquier cantidad de canciones, entre ellas Baltimore Oriole, una oda al desamor que, si bien no tenía demasiado que ver con la actividad beisbolística o la franela del conjunto emplumado, hablaba sobre mudanzas, desamor y melancolía, algo de lo que la franquicia afincada en Baltimore sabía bastante. Carmichael aprovechó la figura del oriol, también conocido como orondépola o turpial, un ave acostumbrada a huir del frío durante el invierno y buscar alojamiento en el sur de Florida o en la zona de Centroamérica, para trazar la historia de una mujer que cansada de un romance helado parte a buscar nuevos brazos al sur de Louisiana. La canción, dicen, conmovió profundamente al consagrado cineasta Howard Hawks, que a punto estuvo de cambiarle el nombre a To Have And Have Not, la película de 1944 que protagonizaron Humphrey Bogart y Lauren Bacall con tal de que la canción se ubicase en un punto álgido de la historia.

La canción sería reversionada treinta años más tarde por un tal George Harrison, sigiloso aficionado a la música de Hoagy Carmichael, que irónicamente llamó a su nuevo álbum Somewhere in England para reivindicar a la gran canción norteamericana.

A fan holds a replica Raven during the first half of an NFL football AFC divisional playoff game between the Baltimore Ravens and the Houston Texans, Saturday, Jan. 20, 2024, in Baltimore. (AP Photo/Julio Cortez)

Los Orioles y los Ravens, además de compartir el hecho de ser aves en un espectro deportivo donde los equipos se esfuerzan por adjudicarse motes que los lleven a asumirse fieras desafiantes y despiadadas, cargan consigo una historia de mudanzas, cambios y  resignificación: es eso mismo lo que llevó a Harrison a apropiarse de Baltimore Oriole: el ansia de dejar atrás el monumental e insoslayable mito Beatle y redefinirse como un artista con influencias marcadas -y, dicho sea de paso, tan lejanas a Paul McCartney y John Lennon como a cualquier otro rockero de cepa sesentero o setentero- y retar al rock anglosajón -ese que puede hallarse en cualquier lugar de Inglaterra, somewhere in England- a mirarse a la cara y entenderse como un producto que le debe a la canción norteamericana mucho más de lo que puede llegar a notar. La retahíla de mudanzas y resignificaciones la inició, por supuesto, la mujer que protagoniza la canción escrita por Hoagy Carmichael.

El M&T Bank Stadium fue inaugurado en 1998 y fue concebido como un elemento monstruoso que completase el paisaje urbano de Camden Yards, la zona donde se ubica también el parque de pelota de los Orioles. El estadio está construido con ladrillo, elemento indisociable de la ciudad y sus postales urbanas: su creación se esforzó por reivindicar identitariamente ciertos elementos de la ciudad sin establecerlo abiertamente.

David Simon, creador de la mítica serie The Wire, concebida y realizada en Baltimore, no utilizó narrativamente a los Ravens en prácticamente ningún momento, por más que el clímax de la serie coincidiese con la época gloriosa del equipo morado: el relato está narrado entre 2002 y 2008, época en la que el conjunto liderado por Ray Lewis y Terrell Suggs se manifestó como una de las defensas más fiables y dominantes de la liga además de ser un eterno candidato al campeonato. Simon nunca aclaró por qué prescindió del equipo en su relato, pero, como confeso aficionado a los Orioles, sí tiró del equipo de béisbol en gran parte de la narración: el tragiquismo y la decepción constante generada por el conjunto -antítesis, diríamos, de lo planteado en ese momento por los Ravens- permea tanto a la serie como a su protagonista, McNulty, durante gran parte del relato.

Los Orioles cargan con varios años condenados al ostracismo: su última Serie Mundial ganada data de 1983. Los Ravens, por su parte, se presentan este año de nueva cuenta como candidatos al trono de la NFL. A veces, en la literatura, en la televisión y en el cine, tira mucho más la tristeza y la desazón. Pregúntenle a Howard Hawks.